Ella entró en la biblioteca, sin darse cuenta tropezó con el cartel, intentó que este guardara el equilibrio. Una mano rozó su brazo. Cuando volvió a mirar el cartel, ya estaba recto.
Escuchó un hola lejano, levanto la vista, y se encontró con unos ojos que tenían algo familiar, como una habitación en la que no entraba desde hacía años.
Él se inclinó para darle dos besos. Titubearon unos segundos antes de determinar la distancia exacta.
Antes de sentarse en la silla asignada, saludó a todos sus compañeros. El autor empezó a explicar cómo había surgido el tema de su novela, después de media hora de charla, empezaron las preguntas. Llegó su turno:
–En varias entrevistas has dicho que este libro nació de una pérdida. Después de tantos años, ¿sigues escribiendo sobre la misma persona?
Él contestó sin apartar la vista de la botella de agua. Ella no dejó escapar la segunda oportunidad.
–El libro termina con dos personas que no se dicen lo que sienten. ¿Por qué decidiste dejar esa conversación inconclusa?
El escritor no respondió de inmediato. Giró la botella de agua. Un bolígrafo cayó al suelo. Nadie lo recogió.
–Porque algunas conversaciones no necesitan cerrarse, dijo al fin.
Ella no tomó notas, desvió la mirada hacia la última fila de sillas vacías. El silencio se alargó unos segundos más de lo normal.
–¿Alguna otra pregunta?, dijo el editor. Nadie habló. Ella cerró el cuaderno.