Frente al mar, contempló su inmensidad. Las olas rompían una y otra vez contra la
orilla, indiferentes al paso del tiempo. Siempre había sido así. El mar seguía allí, como
si nada hubiera cambiado. Pero ella sí había cambiado.
Cuánto había vivido desde la última vez que había caminado por aquella orilla. Cuánto
había aprendido de sí misma. Había dejado atrás tantas cosas que, a veces, hasta le
costaba reconocer a la mujer que había sido.
Y, sin embargo, no sentía miedo.
Había días en los que echaba de menos aquella versión de sí misma. No porque quisiera
volver atrás, sino porque también había momentos en los que añoraba la inocencia con
la que había mirado la vida entonces. Había creído necesitar tantas cosas que, con el
tiempo, había descubierto que podía vivir sin ellas.
Ahora era fuerte. Lo sabía.
No porque no tuviera miedo, sino porque había aprendido a seguir adelante a pesar de
él.
Sabía que no estaba sola. Había personas en las que podía confiar, personas que estarían
a su lado si las necesitaba. Y, aun así, seguía teniendo la costumbre de enfrentarse a
todo por su cuenta. Era su gran defecto o su gran virtud; dependía del momento.
Sonrió levemente. Quizá algún día aprendería a dejarse ayudar.
El mar siempre conseguía ordenar sus pensamientos. Frente a aquella inmensidad, los
problemas parecían menos grandes y las posibilidades, infinitas.
Respiró profundamente y dejó que la brisa le acariciara el rostro.
Ya lo había decidido.
No sabía exactamente qué encontraría al otro lado, ni cuánto le costaría llegar hasta allí.
Pero por primera vez en mucho tiempo, eso no importaba.
Había pasado demasiado tiempo sobreviviendo.
Ahora quería vivir.
Su nueva vida empezaba en ese momento.