Daniel, se levantaba cada mañana a la misma hora, tomaba su café amargo y salía de casa con la sensación de haber soñado, lo mismo que la noche anterior.
Pero los detalles le engañaban, un día el semáforo de la esquina estaba roto, al siguiente funcionaba perfectamente; un día su vecino lo saludaba con desconfianza, al siguiente con familiaridad.
Al principio pensó que era un deja vu. Luego, estrés. Después dejó de buscar explicaciones.
Su vida diaria cambiaba, pero siempre había un punto fijo: una mujer en la estación que siempre lo miraba como si lo conociera y que nunca subía a en ningún tren.
Una mañana, Daniel decidió preguntarle si se conocían, y la respuesta le dejo helado:
—Nos hemos visto en todas tus vidas… pero nunca en la misma.
Daniel sintió un vacío en el estómago. Ella sonrió con tristeza, como si ya hubiera tenido esta conversación más veces.
El tren llegó, pero ninguno se movió.
Y Daniel entendió que su vida era eterna, pero también inestable.