Emilio vivía en un pequeño pueblo de la montaña. Durante años había pintado, porque sentía que, al hacerlo, el mundo era más verdadero. Casi nadie conocía sus cuadros, pero quienes los veían quedaban impresionados por la verdad que transmitían. No eran pinturas perfectas, pero eran vivas.
Un día, presionado por su entorno, decidió presentar una de sus obras a un concurso. De repente, radios y televisiones locales, comenzaron a buscarlo. Emilio pasó de pintar en silencio a acudir a eventos y charlas. La gente quería saber qué comía, cómo vestía y qué pensaba sobre cualquier tema, incluso sobre cosas que nada tenían que ver con la pintura.
Con el tiempo, sus cuadros dejaron de ser lo más importante. Le llamaban para exponer en todos los eventos de la zona, pero los visitantes apenas miraban las obras; preferían hacerse selfis junto a él. Todos parecían conocerlo y saber todo de su vida y solo importaba, la bufanda que llevaba o la frase ingeniosa que había dicho en la conversación.
Emilio empezó a notar algo extraño: cuanto más lo conocían, menos tiempo tenía para pintar. Y cuando por fin lograba sentarse frente al lienzo, sentía que ya no trabajaba para expresar sus vivencias y sentimientos, sino para mantener la imagen que los demás esperaban, y la pintura ya no era su refugio. Dejo de pintar, ya no pintaba para expresarse, sino para no decepcionar a quienes esperaban algo de él.
Una noche escucho hablar en una taberna de sus cuadros. Escuchó a varias personas discutir el significado de una pintura verde y azul. Cada una interpretaba algo distinto: tristeza, libertad, recuerdos de infancia. Emilio sonrió, porque en realidad, aquella pintura había nacido una tarde cualquiera, observando un trozo de sierra mientras bebía vino con unos amigos después de caminar por el monte.
Entonces comprendió algo que le resultó incómodo: las obras nunca pertenecían a quien las creaba. La gente veía en ellas lo que necesitaba encontrar. Pero también entendió otra cosa, quizá peor: la gente necesitaba convertir al artista en un personaje, porque eso era más interesante que lo que podía expresar sus cuadros.
Al regresar a casa, apagó el teléfono, cerró las cortinas y después de un largo rato observando un lienzo, comenzó a pintar otra vez, sin pensar en nada.
Al amanecer dejo el cuadro apoyado contra la pared, sin firmar.