Cara Obispa

Tenía siempre puesta una cara de obispa, marcando la hora de la seriedad.

Los niños dejaban de correr cuando pasaba, no por miedo, sino por respeto al silencio que reflejaba su rostro.

Nadie la había visto reír, pero tampoco enfadarse: su gesto era una línea recta.

Si alguien contaba un chiste, ella lo escuchaba con atención, como si esperara que al final apareciera una moraleja en vez de una carcajada.

Decían que dormía con la misma expresión, para imponer disciplina a los sueños.

Sin embargo, alguien dijo haberle visto una leve sonrisa en el rostro; nadie sabe si fue verdad o un milagro.


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