El salón principal registraba un lleno completo, el público estaba compuesto en su inmensa mayoría por extranjeros. Abundaban las cámaras de fotografía, el etnólogo invitado describía el ultimo vino servido, un L`Ermita que destacaba por sus aromas de fruta y acidez equilibrada y su gran elegancia, acompañado de unos canapés de queso fresco, miel y nuez.
Aprovechando el barullo de flases de las cámaras, salió al pórtico, necesitaba aire fresco, y pensar. Tenía la sensación qué en cualquier momento, alguien la iba a descubrir. Solo tenía que cambiar la copa de la señora Lorca, y dentro de unas horas volvería a estar en su casa.
Pero una y otra vez pensaba, si recordaría estas horas, unas horas que no tendría que haber vivido.
En la vorágine de sus pensamientos, no se dio cuenta qué la señora de Lorca estaba asomada a la barandilla, llamando a alguien que se alejaba por el camino de albero. Había dejado su copa junto a la suya, fue fácil cambiarlas, respiro profundo, todo había acabado.
Todo había sido muy fácil, todo menos mantener para siempre, el recuerdo de un día de verano de 1935, cuando su vida comenzó un día de abril de 1968….