Naciste de mí, pero no me perteneces. Eres del mundo, de la vida y de tus propias decisiones.
Te traje aquí porque te deseé, porque te recibí con amor, y te amo más de lo que sé nombrar. Pero este amor no ata. No exige. No reclama.
No debes nada. Nada de lo que hago por ti es una deuda: es mi forma de estar en el mundo contigo. Cuidarte, acompañarte, darte raíces y también alas.
Y también te doy las gracias, porque al enseñarte y acompañarte, has abierto en mí posibilidades de la vida que antes no conocía y me haces más valiente cada día.
Si algún día tienes que elegir entre tu vida y mi presencia, elige tu vida. No quiero ser un límite en tu camino.
Y si dudas de mí, si no estás de acuerdo conmigo, también está bien. No viniste a repetirme, viniste a ser tú. Y eso siempre será suficiente.
No te pido que seas el mejor para que yo me sienta orgullosa. Ya lo estoy. Me basta con verte existir, con verte crecer como persona, por algo eres mi persona favorita.
Si alguna vez me convierto en un peso para ti, aléjate sin culpa. Tu bienestar no puede quedar detrás de nadie.
Que nada apague tu risa ni estreche tu horizonte. Tu vida te pertenece, y tienes derecho a vivirla como la sueñas, incluso si no la entiendo.
Los demás serán como son: con sus límites, sus luces y sus formas de querer. No como tú quisieras que fueran. Amar también es aceptar lo que no controlas.
Puedes tenerlo todo y no verlo. O tener poco y sentir el mundo. La felicidad no está en lo que rodea, sino en la manera en que miras.
Y si algún día lo olvidas, recuerda esto: te quise libre desde antes de saber tu nombre.