La conocí en los 80, apenas mis quince años, y, si soy sincera, no me cayó nada bien.
Me pareció prepotente y pija… bueno, esto último, siendo honestos, lo sigo pensando.
Pero el destino, caprichoso como es, ya tenía otros planes para nosotras y se empeñó en
cruzar nuestros caminos. Y aquí estamos, demostrando que la amistad de verdad no
siempre empieza bien… pero sí puede durar toda la vida, porque hay personas que
llegan para quedarse, y ella es, sin duda, una de ellas.
Éramos distintas, casi opuestas. Y, sin embargo, poco a poco, sin darme cuenta, algo
empezó a construirse entre nosotras. Me ha ayudado a crecer como persona, a entender
y respetar otras formas de vivir, incluso cuando no las compartía. Esa era nuestra magia,
la que todos veían, y que nadie entendió.
Tiene defectos, como todo el mundo, pero es mi regalo del cielo, ese que la vida pone
en tu camino para acompañarte. He cambiado, han cambiado mis ideas, mi forma de
ver el mundo y de vivirlo, nunca se lo he puse fácil, sin embargo, todo ha sido sencillo
con ella. Ha sabido respetar mis silencios eternos, mi manía de guardarme todo, ella
aprendió a leerme en esos silencios, a entender lo que no decía, a quedarse sin hacer
preguntas. Porque la amistad también es eso, conocer incluso lo que el otro no sabe
explicar.
Mi vida ha tenido momentos buenos y otros no tanto. Me ha dado mucho, pero
también me ha quitado. Y en todos, especialmente en los peores, ella ha estado ahí. Sin
condiciones, sin reproches, incluso cuando era ella quien necesitaba más apoyo.
Nunca ha dejado de hacerme sentir parte de su familia, ha sido mi hogar, incluso
cuando yo no sabía cómo quedarme en ningún sitio. Siempre estaré agradecida. Por ser
mi asesora de imagen, por aguantar mis silencios, mis “me da igual”, mis “no voy a
probarme”, por regalarme tres sobrinos geniales, por sumarme un hermano más al pack
y por elegirme su hermana pequeña.
El respeto ha sido nuestro hilo invisible todos estos años, y gracias a él hemos llegado
hasta esta nueva etapa. Ojalá hubiera sabido darle al menos la mitad de lo que ella me
ha dado, mi vida siempre ha ido por caminos distintos a los suyos y quizá no siempre
estuve a la altura. Aun así, nuestra amistad ha sabido mantenerse, crecer y adaptarse.
Porque, al final, si hay algo que tengo claro, es que mi vida no habría sido la misma sin
ella. Y si pudiera volver atrás, a aquel primer día en el que no me gustó nada… volvería
a elegir encontrarla.
Porque entre mis silencios y sus “vamos, pruébatelo”, construimos algo que no todo el
mundo tiene la suerte de vivir.